Una reflexión sobre el Congreso de Laicos

El Congreso de laicos está pasando por la evidencia de los grupos que actualmente estamos reuniéndonos en la Diócesis, por el carácter que cada grupo va tomando en torno a los métodos comunes que se nos han dado ( materiales y demás) y por la participación que cada miembro va desgranando, según  estilo, historia, trayectoria y mayor o menor cercanía con la iglesia parroquial.  Creo que en base esto es lo que hay.  Frente a esto, el desafío de por qué  otros no aceptan venir en clara invitación abierta para entrar en el debate que se nos da como oportunidad.

Porque es una oportunidad para todos.  Y aquí quiero especificar por si alguno pretendiera ver el Congreso como una plataforma de reivindicación de un aireado cristianismo frente a los alejados (pocos, la verdad) que estarían integrando estos grupos y que quisiéramos darles un baño de fe de cómo “adentro” se está mejor y más seguro que “afuera”. Y de entrada me opongo frontalmente a esta cuestión que puede ser pre-juicio de quien esto escribe, pero a lo mejor no; y habría más evidencia de la que uno se imagina.

Qué duda cabe que el Congreso es un bien PARA TODOS; para los de fuera, que pueden decir, expresarse sobre algo donde no siempre hay espacios para ello; pero también para nosotros, los de dentro, muy amigos de dar lecciones.

Porque, tengo para mí que el tesoro por antonomasia que los cristianos tenemos, que es Jesús (Jesucristo muerto y resucitado) lo tenemos tan sabido, tan conocido que caemos en la rutina del “eso ya lo sé, eso ya lo escuché muchas veces”.  Las homilías dominicales suelen ser repetitivas, difícilmente receptivas ( a parte del poco entusiasmo de algunos presbíteros entre los que me sitúo) y el conocimiento de Jesús se volvió coto cerrado.  Pero aun a sabiendas que algunos, intelectualmente, tengan esa mirada más cercana y entusiasta por Jesús (porque hoy se escribe mucho y bueno sobre Jesús) no es del todo claro que lo escrito y leído sea necesariamente practicado y vivido; aunque concedo a estos  más inquietos una práctica de vida cristiana, si cabe, más coherente y con un atractivo más beneficioso.  Pero, vuelvo a decir, no pienso que sea ese el tenor de la mayoría de nuestros laicos.

Una mirada puesta en Jesús es lo que considero como el fruto de este Congreso, según la expresión de la carta a los hebreos que vendría a ser el documento del Nuevo Testamento sobre el carácter del laicado: “levantar los ojos a quien inicia y consuma la fe” (Hebr. 12,2).  Algunos teólogos al estudiar este texto de Hebreos distinguen dos tipos de fe; una sería “la fe que salva” y otra “la que constituye la identidad cristiana”.  “La identidad cristiana fundamenta esa actitud de confianza audaz y solidaridad resistente en el hecho de que Dios es Amor, y ese Amor se nos ha dado incondicionalmente y sin retorno en Jesucristo, recapitulando en él  a todo el género humano para que llegue en él a sentarse a su diestra.  Pero la fe que salva (que agrada a Dios) es la actitud que brota  de ahí, la que puede tenerse aún sin conocer bien su fundamento porque la vida la sugiere y la ofrece algunas veces, aunque otras parezca desmentirla o desaconsejarla“. (“El rostro humano de Dios” pp 114).    Levantar los ojos a Jesús podría ser verle como hombre de fe, que creyó por encima de evidencias que invitaban a no hacerlo, que entendió la Presencia amorosa del Padre allí donde otros solo veían catastrofismo o situaciones límite.  La fe y la praxis de Alguien que siendo de los nuestros nos abre a una realidad mayor, más vasta y humana al mismo tiempo.  Hablar esto, conversarlo nosotros, hoy.  Apreciar esta fe de Jesús y acercarla a los aspectos de nuestra problemática actual, de nuestra mirada de la vida y de la muerte humana:  dentro y fuera de la comunidad eclesial, para cristianos de toda la vida y para los alejados.  Re-vivir en nosotros estas ascuas del Espíritu de Jesús que nos dan una visión más acorde del hecho en sí de lo que es la vida, de nuestras relaciones  y del futuro humano; hablado, conversado, discutido en unos ambientes donde cada quien expresamos los anhelos que llevamos dentro, los juicios que emitimos, las posibilidades que vamos apreciando.  Creo que juzgando lo erróneo (que siempre está ante nosotros) podremos sacar luces, intuiciones, de signo cristiano (relacionado con Jesús) que sí nos ayudarían en el cometido que tendría un congreso de esta naturaleza.

 

FRASE PARA LA REFLEXIÓN…

Tenemos que implicarnos, asociarnos, complicarnos, crear un ecosistema humano en el que la avaricia y la desvergüenza no tengan cabida… No tenemos que refundar el capitalismo, tenemos que refundar al hombre, porque ya no podemos eludir la respuesta a la pregunta que Jesús nos hizo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero a precio de su vida?” (Mt 16,26).

Editorial de la revista “Noticias Obreras” (nº 1.467, 1-15 noviembre 2008)

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