El camino del Congreso de Laicos

El congreso de laicos que en la Diócesis se viene trabajando en parroquias y en diferentes foros, animados por los mismos laicos y algunos presbíteros con ellos, nos lleva, como grupo incipiente de la Hoac a afrontar el mismo cometido.  Y ahí estamos, enfrascados lunes a lunes, con los ocho capítulos del “ver”, tratando de hacer una aplicación práctica para nosotros.   Pero, según vamos avanzando aparecen aspectos que merecen ser comentados.  Por ejemplo, algunos de nosotros, por estar más directamente comprometidos en la dinámica del congreso pareciera que toda ella es positiva y nos va a resultar beneficiosa.  Y frente a esto (que no es más que constatación aunque no directa confesión de nadie) aparecen rostros no tan convencidos de que el congreso y su dinámica traiga flores de otro jardín.   No obstante seguimos adelante y no claudicacamos, cosa por otro lado buena.

Pero, ¿qué es lo que lleva a no tener una fluidez en la dinámica del grupo?  Hombre, aquí cada miembro debiera decir su parte, lo que para él es obstáculo o “pérdida de tiempo” y presumo que  las dificultades de cada quien difieren enormemente de las que tiene el compañero.  Yo hablo de lo que constato personalmente.  Nos hemos enfrascado en el nº 3 de los guiones, en aquellos dos conceptos que salieron en la mesa y que son “Reino de Dios” y “progreso”.  Y hemos vuelto a ellos en dos momentos diferentes, el segundo día fue Marta la que sacó de nuevo a relucir el tema y fue como “una trampa puesta” porque volvimos de nuevo al mismo debate.  ¿Qué es lo que pasa? Pues que tenemos puntos de mira distintos sobre conceptos que parecen “palabras técnicas” sobre “Reino” o “progreso” (¿Qué Reino? ¿dónde está? ¿cómo se ve o se discierne?), toda una metodología para hacer un trabajo (¡¡que ya teníamos hecho!!) pero que siempre hay que volver a él.  Lo mismo ocurre con “el progreso” (¿de qué progreso se habla? ¿todo progreso es bueno, ayuda al Reino de Dios?) que también fue un tema trabajado con anterioridad.

Quiero decir con esto que la densidad de las palabras, de estos términos que ninguno agotamos por más que los evoquemos, pueden contener en sí mismos aspectos que nos acerquen  unos a otros a una mejor compresión de la “realidad”, (otro término curioso).  Porque, entiendo yo, con estos guiones no se trata de ver “la realidad única y válida” que tiene no sé quién, para destruir y eliminar otras miradas de compresión de la realidad que serían desechables y no buenas.  Más bien, me parece que, al ir desgranando estos “términos técnicos” (llamémoslos así, de Reino, progreso, realidad, etc) entremos en una mejor comprensión de lo que es la manera de ver la vida que tiene el otro que está a mi lado, aquello que trata de expresar, de definir, de decir, en el esfuerzo siempre duro de quien tiene que expresarse a sabiendas que nos ocurre como al profeta “que no sabemos hablar”.  Y por eso las palabras, como piedras duras, hay que meterlas el diente, arenarlas, hacerlas más digeribles, para que cumplan con nosotros su cometido, cual es que nos ayuden para que nos podamos comunicar y entender como humanos, como cristianos.

Juan Cabo.

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