El fin de todo combatiente y el comienzo del caminante

Las imágenes que tenemos en mente nos ayudan a saber por qué espacios nos movemos.  En la práctica cristiana hay varias que podrían, si las tenemos en consideración, ayudarnos a vislumbrar por donde vamos.  Quiero comentar tres y  decidirme por una de ellas, la tercera.  Sin embargo quiero advertir el valor que suponen las otras dos y recalar de ellas lo que de aprovechable tienen.
La primera es la imagen del militante.  El cristiano es un militante que milita en las filas de Cristo y su actividad es la de quien combate.  Militante proviene de aquello que alude a las milicias y por tanto tiene connotaciones de confrontación, de batalla; hay que dar la batalla, hay que luchar por la causa.  Es una imagen muy querida en determinados ambientes de iglesia, imagen combativa, guerrera, de fuerza.  Para muchos se trata de que existe un mundo desconocedor de Cristo y de la religión y hay que salir a dar la cara, salir a la calle.  Tiene similitud con las protestas sociales que determinados colectivos salen a la calle a reivindicar. Aquí sería algo parecido:  El militante, armado con su verdad y su convencimiento, sale a la calle, expresa su discurso (generalmente con tonos elevados de voz y con cierta vehemencia) y en asambleas, congresos o cualquier otra manifestación, dan testimonio, expresan fuertemente, sin lugar a dudas su fe en Cristo.
La segunda es la imagen del confesante.  Se le denomina de esta manera porque es aquel que confiesa todo credo necesario.  No tiene problemas, es más, se siente a gusto diciendo lo que cree, lo que escucha en el templo.  Confiesa.  Es la persona que se siente a gusto en todo acto cúltico y mientras en la sociedad estamos ante una crisis de personas que no participan en los cultos litúrgicos, este tipo de gente no tiene problema porque no salen de la iglesia.  Se irán todos menos ellos.  Son, generalmente, personas mayores aunque no pocos de mediana edad y lo que dice y determina el sacerdote, la recepción de los sacramentos y todo aquello que se relaciona con el templo es parte sustancial de su vida.  Sienten su vida asegurada y no pocos de ellos lamentan el desvío y la forma errada de conducirse de quienes no acuden habitualmente a lo que consideran un mandato, una obligación, algo que a todas luces hay que hacer y que ellos cumplen a carta cabal.
He de comentar que de uno y otro (militante y confesante) descubro valores fundamentales para la vida cristiana, y no cabe duda que desde la proclama pública a la piedad consecutiva en los templos hay algo que es preciso preservar y no botar al tacho de basura.  Pero, es esto todo?
La tercera imagen, la del peregrino, me ofrece, sin embargo, aspectos de gran inseguridad. Frente a un confesante que todo lo tiene bajo control y que el bien y el mal los conoce perfectamente, el peregrino es alguien que hace el camino de la vida y va, sencillamente, caminando.   Y va descubriendo cosas, realidades que solo salen cuando te pones a caminar.  Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, por ejemplo o la recientemente celebrada JMJ son imágenes de este tipo. Salir. Caminar. Ir.  La imagen es eminentemente bíblica – la salida de Abraham de Ur de Caldea, el camino del desierto, cuarenta años, por el pueblo de Israel o el recorrido neo-testamentario de Lc con el pasaje de Emaús (Lc 24) –  y presenta siempre la alternativa de lo no-conocido, de lo no-controlado, de lo que no-se-sabe.  Este aspecto fundamental, antropológico, es importantísimo en estos tiempos.  Cuando todo lo quieres saber de antemano, cuando todo lo quieres controlar (cuando ya no hay nadie que te diga nada) la imagen del camino echa por tierra todo aquello atado, amarrado a una seguridad para hacerte sencillamente, peregrino.
Pero al mismo tiempo es la imagen de la vida misma.  Se camina y se va viendo  lo que en el camino aparece.  Sencillamente.  Profundamente.  Y te encuentras con otros caminantes.   Es curioso que a los cristianos antes de llamarles así en Antioquia, se les denominó como “seguidores de este camino”.  Camino fue la palabra que escogió Jesús para identificarse:  “Yo soy el Camino”.  Y probablemente sea la palabra de inicio para poder hacer un diálogo con la cultura actual.  “Mientras conversaban y discutían , Jesús en persona se les acercó y comenzó a caminar a su lado” (Lc 24, 15). Porque, antes de ser militantes o confesores habremos de explorar, con mucha paciencia nuestra idiosincrasia de peregrinos ya que solo así la militancia se hace testimonio y la confesión, súplica orante de quien ha de dar el siguiente paso.

Juan Cabo Meana.

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