Juventud

Tengo que reconocer que muchas veces distorsionamos la realidad de una manera que es difícil de explicar. En muchas ocasiones construimos imágenes a partir de unos estereotipos que surgen de lugares de la conciencia que se han visto totalmente alterados por agentes externos a los que nosotros damos total credibilidad.

Seguro que estaremos todos de acuerdo en que unos de los que más padecen nuestras alteraciones son los jóvenes. Tenemos tendencia a construir una imagen de ellos que casi siempre tiene más que ver con nuestras carencias que con la realidad.

Por ejemplo, tendemos a exigirle todo aquello que nosotros jamás hubiéramos consentido que se nos exigiera y seguimos haciendo esas odiosas comparaciones entre generaciones que tanto nos cabreaban cuando éramos nosotros los que las padecíamos, ¿o no?. Igualmente, juzgamos a los jóvenes por su aspecto externo, por su falta de madurez, por sus caprichos y sus vicios o simplemente por sus molestias. Ese “chunda chunda” de sus coches,el ruido de sus motos, sus alaridos nocturnos, el botellón, los peinados o la ropa, como si nosotros a su edad hubiéramos sido algo parecido a monjes cistercienses o hermanitas de la caridad. Creo que no voy descaminado

Pues yo tampoco me escapo a esas estupideces. Como si nunca hubiese tenido diecisiete años, se me siguen escapando ese tipo de frases de “en nuestros tiempos tal cosa y ahora tal otra” o “nosotros sí que sabíamos divertirnos y no ahora, que son todos unos golfos y unos gandules”. Bueno, no exactamente así, pero parecido. En fin, de pena.

Y a qué viene todo esto?. Pues a que acabo de llegar de un encuentro de oración al que fui invitado por un grupo de jóvenes el otro día en la asamblea de laicos de nuestra diócesis. Un rato con ellos hablando del congreso de laicos y del papel fundamental que podían jugar y me lanzan una invitación a la que no me pude negar, la de asistir a sus encuentros de los sábados a las 20:00 de la tarde.

Allí me planté, porque la verdad es que los tipos prometían. Solo escucharles ante el foro de la asamblea de laicos contando sus experiencias te ponían la piel de gallina. Y no defraudaron. Oración hecha por jóvenes para jóvenes y otros que ya no lo somos tanto. Oración alegre, musicada, divertida, pero no por ello irrespetuosa, todo lo contrario, mucho más profunda que muchas otras en las todos hemos participado, que confunden respeto con aburrimiento. Y sea con todos mis respetos, valga la redundancia.

Los testimonios de los chavales impresionaban. Contaban sus experiencias de fe y de las dificultades para expresarlas en sus entornos. De como el apoyo del grupo, de sus amigos, de su comunidad era fundamental para el crecimiento personal. De lo que supuso en ellos la JMJ, a la que a veces criticamos, yo el primero, por los errores que se pudieron cometer en cuestiones de forma, pero que ellos simplemente ni percibieron, porque la vivieron como había que vivirla, desde lo más profundo de sus jóvenes corazones, que en esos día fue uno solo pero muy grande. Porque ellos, libres de los artificios de los que peinamos canas (yo pocas, todo hay que decirlo), vivieron el evangelio desde la sencillez de los limpios de corazón.

Y el hecho está ahí, unos chicos ilusionados con la pervivencia de su grupo, con su continuidad. Jóvenes que serán la clave de esa nueva evangelización que llama a las puertas de nuestra iglesia, para afrontar los nuevos-viejos problemas que nos acechan: el paro, la precariedad laboral, el debilitamiento de los servicios públicos y de nuestro estado del bienestar, en definitiva la falta de perspectiva a causa del apuntalamiento de ese capitalismo que había que refundar pero que al final simplemente se reforzó y transformó su apariencia en forma de “mercados”.

Pues nada, que os deseo lo mejor, que en vosotros está el futuro. Que los mayores nos demos cuenta del potencial que tenéis y os abramos todas las puertas: en las parroquias, en los grupos de pastoral, en las asociaciones de laicos de todo tipo, ayudando a otros jóvenes en lo que sea y que Jesús Obrero os ayude a ser sensibles en la causa de los empobrecidos y seáis evangelio vivo y testimonio de alegría. Casi nada.

Y por supuesto, que nosotros los carcas, no veamos en vosotros solamente melenas, chupas de cuero y calzoncillos de fuera. Que ya vale!

G. Leira

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