Reformas y eufemismos

Cuando retornamos a nuestra ciudad natal, mi familia y yo adquirimos un pequeño piso medio destartalado que reformamos con mucho esfuerzo para mejorar su aspecto y habitabilidad. Ello nos permitió disponer de un techo en el que vivir, a costa de una hipoteca de por vida.

De igual forma, el tendero de mi barrio consideró que su pequeño ultramarinos necesitaba un lavado de cara para atraer a nuevos clientes. Acometió así una reforma integral de su local con el objeto de mejorar unas condiciones sanitarias que, sin ser especialmente problemáticas, le permitirían ofrecer nuevos productos y servicios al vecindario.

Así también, durante el siglo pasado, un sinfín de reformas en las condiciones laborales de la clase obrera permitieron ir dejando atrás, muy lentamente, situaciones de auténtica esclavitud y precariedad laboral generalizada, hasta conseguir un entramado legal que la protegía de los abusos a los que con demasiada frecuencia se veía sometida por la patronal. Reformar era, en definitiva, sinónimo de avance, de mejora social.

Hoy, sin embargo, “gracias” a esta crisis que nos ha puesto a todos en una situación de máxima incertidumbre, la palabra “reforma” produce más de un escalofrío a quien la escucha, porque lejos de referirse a la deseada reforma de los mercados financieros y del sistema económico que nos ha dejado en esta terrible situación, es sinónimo de recorte en los derechos de los trabajadores y trabajadoras de nuestro país,  transformándose, sin darnos cuenta, en un típico eufemismo. Decimos (dicen) “reformas” cuando realmente quieren decir “recortes”.

La reforma del mercado laboral que se plantea, por lo menos la que nos llega al oído por momentos, la que se nos vende como solución al problema del desempleo que nos agobia y como receta para la recuperación económica, no es más que el uso de la coacción en este momento tan delicado por los dueños del grifo de los euros, teniendo como único objetivo abaratar el despido más de lo que ya está en este momento, y si no que le pregunten a nuestros más de 4.000.000 de parados, muchos de ellos incluso con contratos “fijos” o indefinidos.

Los trabajadores no podemos caer en la trampa que se nos está tendiendo de forma muy sutil, la de la culpabilidad. Negarnos a que nos recorten nuestros derechos o directamente nuestro sueldo no es insolidario con la situación que estamos atravesando, todo lo contrario, trata de garantizar que las condiciones laborales de nuestros hijos no se parezca a la de nuestros abuelos.

G.Leira

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