Impulso vital

Cuando en nuestros temas de HOAC   se habla del “impulso vital” quiero pensar que esto es algo que pertenece al conjunto de la humanidad.  “Impulso vital” es lo contrario de una vida depresiva o apática. Alguien que tiene alma, que quiere moverse, que determina desde sí mismo, una acción, la que sea.  Esto me parece de lo más genuino de nuestro cristianismo.  El acceso a la fe de muchos de nosotros fue hecho desde un código de normas; no cabe duda que los tradicionales diez mandamientos que ya aprendimos desde niños no era más que un código de normas; y esto unido a una moral fácilmente deducida de ahí hacía que la vida cristiana nos la planteáramos en términos de pecado(“si hago esto y esto otro ¿es pecado o no?” ) Obviamente este planteamiento es válido, naturalmente y  a muchos de nosotros fue como la única vía a seguir.   Pero este era un terreno minado.  Un camino cerrado.  Esto llegó a oprimir el alma. Este planteamiento no alumbraba los vestigios de salud y de energía que la fe en Jesús tiene encerrada.  El cristianismo, la vivencia de Jesús, desde estos parámetros lo único que daba era un miedo a no pecar, una especie de encerramiento en algún lugar seguro para que uno no tuviera la terrible tentación de quebrantar uno solo de los mandamientos.   ¿Era posible salir de este encierro? ¿Cómo hacer que el vivir cristiano sea  generador de ganas, de ideas, creador de ánimo?  ¿No tendremos, siempre, delante la espada de esta mirada estrecha de la excesiva moralización de la vida? .  Este es el reto. Aquello no puede ser vida cristiana.  No lo es. Por que hay una orientación del alma hacia Jesús que te resucita, “te pone las pilas”, te orienta a un rumbo que, desde dentro, despierta lo más timorato de nuestro ser, lo más asustadizo y paralizante.  Nos hace vivir.  Las ganas de vivir. Sinceramente creo que se las generaciones antiguas ( y quizás no pocos hoy día) exageraron creyendo hacer un bien con un tipo de presentación de la fe cristiana en clave moralizante, ahogan la vitalidad que, entiendo, el Espíritu de Dios hace nacer en nuestra alma.  Efectivamente, una vitalidad que nos mueve  entre otras cosas a la rebeldía ( porque este mundo no está bien y esto me invita a contribuir a su mejora), a la profecía ( porque por más tímido y “don nadie” que  sea no  queda más remedio que decir lo que pasa y decirlo como  uno sepa) y a la mística ( que hace, humildemente, saber la victoria que nos mantiene en pie con la entrega saludable de Jesús cuando día a día es contemplado en nuestra oración). Sentirse libre, ágil, entregado día a día con renovado entusiasmo.

JUAN CABO MEANA

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